Sobre las utopías parciales

La palabra utopía puede referirse bien al griego “eutopía”, que significa buen lugar, bien a “outipía”, que quiere decir no lugar. Lewis Mumford en su libro Historia de las utopías aborda la complicada labor de intentar explorar las utopías históricas, su objetivo era el descubrir lo que les faltaba y definir lo que todavía resultaba posible. El capítulo onceavo del libro lo dedica a hacer balance de lo llama utopías parciales, estas es lo que podríamos llamar los diferentes “-ismos” que surgen entre finales del XIX y principios del XX.

El análisis de estas utopías parciales tiene una actualidad asombrosa, ya que gran parte de lo que apunta como carencias de estas, siguen aún sin resolver e incluso plantearse noventa y cuatro años después de plasmarlo en papel. El libro y especialmente este capítulo nos puede ayudar a pensar y con ello debatir de cómo nos planteamos hoy en día estas utopías que parecen ir hacia la outipía y encaminarlas hacia la eutopía.

Evitando la tentación de intentar contaminar su pensamiento con el mio, dejo a continuación algunos de los puntos que me han parecido clave de este capítulo, con la voluntad de que sirvan para el debate tanto con nosotras mismas, como con las demás.

Si bien muchas de estas propuestas sostenían que la maquinaria industrial, debía servir al bienestar común, lo que les faltaba era una idea compartida de lo que es dicho bienestar común.

Sin duda, los hombres trabajan por una idea –es una superstición pensar lo contrario– , pero tarde o temprano el espíritu ha de manifestarse en carne, y si esa idea nunca ve la luz, o en mejor de los casos se queda en un aborto, está condenada a marchitarse.

Lo que quiero decir es que la utopía sectaria es, en términos psicológicos, un fetiche; es decir, una tentativa de sustituir el todo por la parte, derramando sobre la parte el contenido emocional que pertenece al todo.

Aparte de todo lo demás, su primer error consistió en encerrar su problema en el compartimento de la política y la economía, en lugar de ventilarlo ante el ancho mundo. Olvidaron que arreglar una actividad o institución en particular, sin tener en consideración el resto, suponía ignorar la misma dificultad que trataban de superar.

[…] En el caso del orden social el producto y el productor nunca dejan de ser uno y el mismo.

Digamos que no basta un Buda para que una comunidad pueda producir el budismo; se necesita toda una sucesión de budas para que la propia religión no se vea convertida en la odiosa opresión eclesiástica que se impuso en el Tibet. Se trata de un principio de aplicación general.

[…] Resultaba estúpido esperar ningún cambio auténtico o permanente de cualquier programa social que fuese incapaz de regenerar o convertir –se trata de términos religiosos para un fenómeno psicológico común– a las personas que habrían de diseñarlo y llevarlo a cabo.

No entienden por revolución una transvaloración de los valores, sino la disolución y la difusión de las prácticas e instituciones dominantes. […] Como si un cambio de propietarios o en el equilibrio de poder pudiese alterar el rostro de Coketown.

La versión que he leído ha sido la publicada por Pepitas de Calabaza, si tenéis la oportunidad leerlo.